PEREGRINOS DE LITORAL: Beato de Liébana y el origen de la peregrinación por el Cantábrico

Peregrinos del litoral

El historiador Jaime Nuño González y el arquitecto y dibujante José María Pérez Peridis nos acercan en este artículo publicado en la revista Patrimonio al origen de las peregrinaciones.

 

A orillas del Mar Tenebroso

 

Con la misma fuerza que hoy nos atrae, durante mucho tiempo el mar provocó espanto y rechazo, más aún el Atlántico, ese Mar Tenebroso que no se empezó a explorar hasta finales de la Edad Media. Tan inmensa superficie de agua era vista como un espacio sin límites, poblada de seres prodigiosos, muchas veces feroces, siempre perversos. Sólo unos pocos atrevidos, empujados más por la necesidad que por la curiosidad, eran capaces de adentrarse en él unas pocas millas, sin perder de vista nunca la tierra firme y tal rechazo hizo incluso que la costa cantábrica, en buena parte, no empezara a poblarse de forma sistemática hasta el siglo XII. Pero si hubo una fuerza capaz de quebrantar poco a poco esos miedos, incluso por encima del hambre, fue la devoción a los cuerpos y objetos santos y fueron también peregrinos quienes empezaron a surcar los mares y a recorrer sus orillas en busca de la salvación de sus almas, aun a riesgo de perder sus cuerpos mortales. Más allá de los caminos que buscaban Roma o Jerusalén a través del Mediterráneo, ese Mare Nostrum mil veces surcado desde tiempos remotos –aunque no por ello menos peligroso a causa de la naturaleza y sobre todo de los hombres–, el Cantábrico y las riberas atlánticas empezaron a convertirse en caminos de devoción desde muy pronto, allá por los albores del siglo noveno, cuando la monarquía asturiana iniciaba igualmente susenda de consolidación.

 

Un intelectual entre los clanes montañeses

 

Contra lo que se suele pensar a nivel general, la invasión musulmana de la península Ibérica no arrinconó a los cristianos en las montañas del norte. Lo que ocurrió es que en esos estrechos valles norteños se refugiaron quienes no quisieron someterse a los nuevos gobernantes, puesto que el cristianismo siguió practicándose, de forma muy extensa, en las cosmopolitas ciudades del sur y de levante. Más aún, sus jerarquías eclesiásticas estuvieron durante mucho tiempo muy cerca de los nuevos señores, formando parte de la élite social e intelectual de al-Andalus.

 

Las montañas cantábricas y pirenaicas, apartadas de toda vía importante de comunicación, muy pobres y con muy escasa estructura urbana, fueron inicialmente lugares sin interés para los invasores y sitios perfectos para que determinadas familias establecieran sus redes clientelares y de poder. Es mucho el debate que hay sobre el carácter de estas gentes y sus peculiaridades sociales y culturales, pero de una otra manera parece evidente la existencia de una estructura donde los lazos familiares siguen siendo muy poderosos, conformando una especie de clanes. Si esta estructura social es herencia de antiguos pueblos indígenas, como sostienen algunos, o simplemente es consecuencia de la situación del momento, sin un poder centralizado y fuerte, es cuestión en la que no entraremos.

 

Con este panorama es difícil pensar que los primeros reyezuelos asturianos pudieran ejercer un dominio verdadero más allá de los muros de su palacio o de la “corte” asentada en Cangas de Onís, entre otras cosas porque debían su trono a la connivencia de las familias más importantes. Y así estaban las cosas cuando hizo su aparición un monje del monasterio lebaniego de San Martín de Turieno llamado Beato.

 

Poco conocemos de la vida mundana de Beato de Liébana, ni su vinculación familiar, ni cuándo nació, ni tampoco la fecha de su muerte, aunque hacia el año 785 ya tenía cierta edad y hacia el 800 aún vivía. Mucho mejor se conoce su vida intelectual, como autor de tres obras de referencia: el Comentario al Apocalipsis, el Apologético y el himno titulado O Dei Verbum, bien es cierto que este último con algunas dudas sobre su atribución. El primero fue un auténtico éxito y se copió de forma reiterada hasta comienzos del siglo XIII en bellos ejemplares miniados que conocemos ahora genéricamente como Beatos; el segundo recoge la agria polémica que mantuvo, junto con su discípulo Eterio de Osma, frente al arzobispo de Toledo Elipando y el obispo Félix de Urgel, defensores estos de la herejía adopcionista; en el tercero se proclama por primera vez al apóstol Santiago como patrón y defensor de España, consolidando así una antigua tradición que recoge la presencia en Hispania de ese discípulo de Cristo. Todas estas obras fueron redactadas en el último cuarto del siglo VIII, coincidiendo con un momento de gran tensión en el pequeño reino astur y con un intenso debate religioso en la Iglesia hispana.

 

La presencia de Beato en la corte en ese tiempo es conocida: cercano al rey Silo y a su enérgica esposa Adosinda o contemporizando con el usurpador Mauregato, nadando entre las diversas corrientes del poder. Ya es un hombre de prestigio, ha publicado en el 776 la primera versión de su Comentario al Apocalipsis y después, cuando Mauregato se hace con el trono en el 783, le dedicará  el poema O Dei Verbum. Es también en el 783, cuando llega a la mitra toledana el anciano Elipando, un hombre de genio, enérgico, agresivo incluso, que defiende que Cristo no era sino hijo adoptivo de Dios, lo que ponía en entredicho la doctrina ortodoxa de la Trinidad defendida por el monje lebaniego. El debate se endurece y enquista, un bando clamando desde las apartadas montañas astures y otro desde la cosmopolita Toledo, aunque en realidad lo que se está dirimiendo es otra batalla más importante, la de la preponderancia de una Iglesia bajo el amparo de los emires musulmanes o la que está bajo la protección de los reyes cristianos, mucho más débiles, pero cristianos al fin y al cabo. Cada teólogo defiende a los suyos, con las armas dialécticas y políticas a su alcance, de modo que la controversia adopcionista trasciende más allá de los Pirineos, interviniendo incluso el papa para decretar que la tesis de Elipando y Félix era herética, lo que sin embargo no inmutó a estos, o al menos al tozudo toledano. Tal era la situación cuando en el 791 accede al trono asturiano un nuevo rey, Alfonso II, que después será llamado El Casto.

 

Cripta de Santa Leocadia

 

Alfonso II de Asturias o la génesis de un estado

 

Enzarzados en dicha polémica, los dos bandos recurren al árbitro más importante del momento, muy superior al papa, Carlomagno, manifestándole sus verdades y desacreditando al contrario. Pero aquí las cartas de Beato contaban con un importante as que Elipando no tenía (y quizás ni sospechaba) y ese as no era otro que Alcuino de York, el intelectual más destacado de la corte carolingia y de toda Europa y admirador confeso de la obra del monje lebaniego. Condenado el adopcionismo en un multitudinario concilio celebrado en Frankfurt al que asistieron más de trescientos obispos, el propio Carlomagno llegó a dictar una carta contra la herejía y, de paso, contra la Iglesia toledana. Esta victoria de las tesis norteñas es aprovechada por el nuevo rey Alfonso para establecer estrechos vínculos con quien poco después será proclamado emperador y con su hijo y luego heredero imperial, el joven Ludovico Pío. Se intercambian delegaciones diplomáticas y los más destacados teólogos del momento siguen escribiendo contra el adopcionismo.

 

De joven Alfonso había sentido en sus propias carnes las intrigas de la corte: elegido rey en el 783, había sido depuesto por Mauregato y tuvo que refugiarse entre sus parientes alaveses para salvar la vida, pero volvió a ser proclamado a la muerte de aquel. Quizás entonces –y más aún después de una serie de problemas que tuvo con los nobles más tarde– fue consciente de que para tener un reino fuerte y sólido es necesario al menos tres cosas: energía personal, una corte brillante y aliados poderosos, estos tanto en la tierra como en el cielo. Para conseguir lo primero puso en marcha numerosas campañas militares por tierras musulmanas, que llegaron hasta el saqueo de Lisboa en el 798. Para lo segundo trasladó la capital a Oviedo, donde levantó su palacio y un conjunto de iglesias y monasterios, entre los que destaca San Julián de los Prados. Restauró además el templo de San Salvador, que había fundado su padre, Fruela I, pero que había sido “en parte destruido por los gentiles y profanado con muchas suciedades” –es decir, por los musulmanes en una de sus aceifas– elevándolo al rango de catedral y dotándolo de ricos ornamentos, entre ellos la Cruz de los Ángeles. Para lo tercero ya hemos dicho que estableció estrechos vínculos con Carlomagno y, si nos atenemos a lo que vendría después, se dispuso a buscar con el mismo empeño el necesario aliado celestial. 

 

Lee el artículo completo de Jaime Nuño González y José María Pérez Peridis en el n. 58 de la Revista Patrimonio

 

IMÁGENES: Fotografías de la playa de las Catedrales y la cripta de Santa Leocadia. Archivo FSMLRPH_Jaime Nuño González